La locura no es identidad, ni condición, ni menos afección

“Estos hombres del deseo (o bien no existen todavía) son como Zaratustra. Conocen increíbles sufrimentos, vértigos y enfermedades. Tienen sus espectros. Deben reinventar cada gesto. Pero un hombre así se produce como hombre libre, irresponsable, solitario y gozoso, capaz, en una palabra, de decir y hacer algo simple en su propio nombre, sin pedir permiso, deseo que no carece de nada, flujo que franquea los obstáculos y los códigos, nombre que ya no designa ningún yo. Simplemente ha dejado de tener miedo de volverse loco.”

Deleuze y Guattari, El AntiEdipo (1972)

Reconozcamos y reivindicamos la(s) locura “intrínseca” –a la cual este texto se refiere- por su resistencia en el campo filosófico y social a la Razón hegemónica, pensamos en(a) otras formas de locuras como producciones de determinados estados de las cosas, estas últimas que en el capitalismo han tenido una amplia notoriedad atribuible a las condiciones políticas y económicas que el capital mismo genera en la sociedad. A pesar de que la locura se intente –y posiblemente con éxito social- objetivar como “enfermedad mental” con fundamentos e intenciones propias de las sociedades de control de Gilles Deleuze, no así científicos, sigue siendo –la locura- uno de los temores intraducibles de los tiempos modernos; el loco es una grieta molesta para el supuesto orden de las cosas que las instituciones del higiene pública defienden, especialmente la psiquiatría.

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